Noche de pasión bajo la luna de Valencia

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Era ya tarde. Él estaba en la antigua habitación de su hermana. Y ella ocupando la cama del chico a solo un pasillo de distancia. Había llegado el mismo día que precedía a la noche que acontecía.

La madre del chico estaba durmiendo ya, pero ninguno de los dos jóvenes se había podido dormir.
Ese día era 18 de marzo, la víspera de "la cremà". Y en escasas horas empezarían los falleros, como cada día desde hacía varios, a tirar petardos en la noble tradición de "la despertà".

Era todo nuevo para ella. El día que estaba por venir prometía ser grandioso. Las procesiones, toda la fiesta, la música... Todas las calles iluminadas. Y sobretodo el objeto de tanta celebración: las fallas. Esculturas trabajadas durante todo un año, para el gran día. ESE gran día. Una vida efímera, que terminaría con el fuego que haría arder todas ellas al mismo tiempo excepto una. La última; una de las más grandiosas: La de la plaza del ayuntamiento. Esa se quemaría más tarde. De las llamas sólo se salvarían los "ninots indultats" selectamente elegidos de entre toda la variedad y cantidad de personajillos sintetizados por los artistas falleros. Y después de todo eso... Castillos. Castillos de luz y de color, acompañados con el intenso sonido de los petardos estallando y del agradable aroma de la polvora al quemarse por motivo de festejo.
Sí... Iba a ser un gran día.

Pero ella estaba ahí en una cama a la que no estaba acostumbrada. Y preparándose para el día que estaba por venir. Se sentía sola, y en cierta medida asustada. Aunque no pudo discurrir demasiado sobre la situación.
La puerta de la habitación se entreabrió suavemente; haciendo el mínimo sonido. - Shhh. Si no haces ruido, mi madre no se enterará.
Y con esas palabras, el chico volvió a cerrar la puerta, nuevamente con delicadeza. Pero el nuevo movimiento se producía con el chico ya en el otro lado de la misma.
Sin embargo, dicho gesto no se produjo con la misma delicadeza y ternura con la que se acercó a ella y acarició su terso pelo con una de sus temblorosas manos, mientras se tumbaba lentamente junto a ella.
Se habían conocido hacía poco tiempo, quizá un par de meses. Un diminuto lapso temporal pequeño en proporción al tiempo vivido. Pero ambos eran conscientes y sentían que cada momento juntos era un momento especial e irrepetible.
Los dos eran tímidos. ¿Cómo podía estar haciendo él algo tan atrevido y lascivo? Quizá era por la emoción de tenerla allí. O quizá la euforia creada por todo el festejo que había pasado y el que estaba por venir. Muy posiblemente que estar con ella le producía una seguridad inaudita. Y con total seguridad, todos esos factores juntos. Pero no importaba el motivo. Estaban allí los dos, compartiendo la misma cama en lo que iba a ser una noche de pasión bajo la luna de Valencia.

Se colocó encima de ella. Sin chafarla, pero sin darle opción a una escapada. Empezó a besarle la mejilla izquierda, que desde su punto de vista era la derecha. Un beso superficial, que fue bajando lentamente hasta llegar al cuello. El mismo cuello que posteriormente empezaría a morder con la inocencia con la que mordería un gatito un ovillo de lana mientras juega, pero con la devoción con la que lo haría un vampiro sediento de sangre.
Estaban los dos ardiendo. Dejándose llevar por la pasión y el deseo. Ninguno de los dos era de los que se acostaría con una persona cualquiera. Pero los dos ya tenían claro que estaban destinados a estar juntos.
Los mudos gimoteos y las respiraciones entrecortadas discurrían por doquier en aquella habitación; en aquel momento tan especial. Si bien contenidos en volumen, imposible de contenerse en cuantía o intensidad.
Él ya había dejado de morderle el cuello. Había vuelto a subir, pero habiendo cambiado ya su objetivo. Ahora no fue a la mejilla, sino directamente a los labios.
Fue un largo beso con lengua. Inexperimentado por ambas partes, pero con tanta pasión que ambos parecían maestros bucales.
El beso estaba siendo acompañado por sensaciones táctiles maravillosas. Ella le había abrazado y empezaba a tocarle el culo. Él había posado ya sus manos en los bultos que sobresalían por encima del pijama y que masajeaba al ritmo de los húmedos sonidos provenientes de sus ya fundidas bocas.
Necesitaban cada vez más y más.
Era una noche fría, pero el ardor que sentían hacía que el pijama se les antojase demasiada ropa.
Él le empezó a subir la parte de arriba del mismo. Ella no oponía ninguna resistencia. Luego él se quitó la suya. Tras dicha formalidad siguieron el beso y con el intercambio de caricias, pero cada vez con más intensidad. Ahora no solo notaban el calor que irradiaba cada uno de ellos individualmente. Ahora notaban el calor del otro a través de cada uno de los poros de la piel.
Todavía había un obstáculo que les impedía mantener todo el contacto deseado en la parte superior. Él estaba decidido. Se desharía de ese obstáculo. Extendió sus brazos y los pasó torpemente por la espalda de la chica, en busca de tan odioso enganche.
No lograba desabrocharlo. Qué desafortunado. Igual de rápido que el calor había venido, se estaba desvaneciendo. ¿Cómo podía estropearlo todo en un momento así?
Ella le quería. Y se tomó con una risita cómplice la situación. El calor volvía a hacer acto de presencia. Ella le cogió las manos, se incorporó un poco y dirigió las manos del chico nuevamente al origen del problema. E indirectamente, manejándole como si fuese un títere, pero dejando que fuesen sus manos y su voluntad las que acabasen desabrochando el origen del problema.
El sujetador acabó también en el suelo, encima de las piezas superiores de los pijamas.
Había una ténue luz, que no dejaba distinguir las cosas con certeza, pero la suficiente para dejar correr la imaginación y para que pudiesen sentir que todo aquello era real.
Muy real lo sentía todo la lengua del chico, que ya estaba paseándose por un pequeño pero a la vez bello botoncito que yacía encima de aquellas montañas recién descubiertas.
Posiblemente el hecho de que ella se arquease y convulsionase por todo el placer que se empezaba a desatar, le daba también a ella la sensación de realidad que ambos deseaban.
Dos cumbres que vigilar. Una lengua que patruyaba sin cesar entre ambas, como si en cualquier momento pudiese llegar el enemigo para conquistar cualquiera de ellas. Por suerte. la mano izquierda y la derecha se alternaban en custodiar el pecho que no estaba siendo cosechado por aquella serpenteante lengua.
Como un exniño ya adulto al que se le había quedado pequeña su ciudad natal y que estaba deseoso por emprender un largo viaje, al chico se le había quedado pequeña la parte de arriba. Había que expandir horizontes. Salir temporalmente de tan confortante lecho montañoso, y viajar al sur. Un viaje que su lengua pensaba hacer lentamente, serpenteando. Marcando el camino con saliva para luego saber volver a tan maravilloso lugar.
Cuando llegó a la delimitación entre ambos países se dio cuenta de que había otro obstáculo.
Ya había superado las dificultades con anterioridad y estaba ahí. No se pensaba rendir.
Valiéndose de sus ya firmes brazos, arrodilló los pies de la chica en el aire, dejando que su espalda fuese la que soportase sobre la cama todo el peso de su cuerpo. Ya con mayor movilidad empezó a bajar la barrera que le impedía aterrizar en aquel país del que tanto había oído hablar y por el que había emprendido aquel viaje.
Conforme le bajaba los pantalones del pijama iba desflexionándole las piernas para que el trozo de tela fluyese sin trabas hasta salir de su cuerpo y acabar en el suelo junto al resto de cosas; que era donde debía estar.
Ahora lo único que la diferenciaba del día en que nació, era su edad, el tamaño de su cuerpo, unos calcetines negros muy morbosos que el chico no tenía intención de despojarle y un trozo de tela que se aferraba inútilmente en su entrepierna; por poco tiempo.
Con estampados, a rayas, de color o blanquitas. Al chico le daba exáctamente igual. Y fue con su lengua directo a dónde creía que había un tunel con un yacimiento inexplorado muy valioso deseando ser hallado.
Pero ella ya se había cansado de dejarle a él hacer todo el trabajo. Además. ¡Qué injusto era que solo ella estuviese desubierta ahí abajo!
No lo podía permitir, así que no dejó al chico que llegase a bajar. Lo paró. Se apartó de él por un momento, para cambiar las tornas. Con un ágil movimiento ella se había puesto encima de él, sentada de rodillas con las manos sobre su pecho.Y por supuesto con una sonrisa pícara dibujada en su rostro. Parece que ella también había comprendido que su timidez ya carecía de sentido teniendo ahí al hombre de sus sueños.
Empezó a frotarle ahí abajo por encima del pantalón del pijama. El pequeñín de la parte inferior que había ido creciendo a lo largo de esos intensos minutos, y que parecía incapaz de crecer más, no cejaba en su empeño de convertirse en el primo de Zumosol.
Estuvo así un poco más. Se deleitaba con la cara que ponía el chico de "no puedo aguantarlo más". Después de todo, él ya había estado jugueteando con ella, poniéndola a tono pero sin darle lo que quería durante un buen rato.
De todas formas ella ya no iba a poder aguantar tampoco mucho más, así que siguió. Esta vez con algo más apremio. Le bajó los pantalones con presteza y los dejó caer junto a los restos de sus pijamas en el cementerio de prendas.
Se giró dejando sus braguitas a la altura de la cara del chico, para que decidiese él qué hacer. Ella entre tanto estaba ocupada acariciando los calzoncillos del chico. Estaba roja como un tomate, pero ni la perspectiva que tenía el chico en ese momento, ni la escasa luz de reflexión indirecta que incidía sobre la habitación revelaron ese pequeño detalle.
Durante un instante, el chico pensó que ojalá todas las decisiones que tuviese que tomar sobre las cosas que hacer en cada momento fuesen así de fáciles. Aunque fue un pensamiento fugaz que desapareció en cuanto empezó a frotar con la yema de los dedos aquel trozo de tela que cubría la parte íntima de su amada. Poco a poco la tela se fue empezando a empapar, como lo harían unas prendas tendidas sin el cobijo de un toldo en un día en el que el de arriba hubiese abierto el grifo dejando caer una fina lluvia, que empaparía los tejidos lentamente pero sin pausa.
Ella no se había quedado parada entretanto. Tras apartarse el pelo con la mano para maniobrar mejor, había sacado de la madriguera la erecta cosita y la estaba acariciando con todo el mimo del mundo. De vez en cuando usaba su lengua, sin mucha habilidad, pero con buena intención.
Después de que las braguitas de la chica estuviesen bien empapadas, él deslizó lateralmente la parte de las mismas que tapaban su conejito, y con éste ya al descubierto empezó a lamer con dulzura.
Estuvieron así un rato; lamiéndose mutuamente las partes que habían mantenido ocultas a todo el mundo hasta ese día.
Luego la chica, que estaba encima, se dio la vuelta lentamente y le abrazó. Luego se besaron. Se sintieron un poco extraños; indirectamente se estaban probando a sí mismos. Pero les daba igual. Necesitaban besarse y eso era lo único que importaba.
Al chico le bastaba con eso. Quería quedarse abrazado a ella toda la noche. Después de todo, no podían seguir porque no tenían preservativos. Había sido todo muy precipitado. Ella llegó el día de antes, en una visita inesperada y los dos eran demasiado vergonzosos e inocentes como para tener preparado algo así. Nunca se habría imagino que acabarían en esa situación.
Pero no importaba. Se querían. - Te quiero - Yo también te quiero. - Se dijeron.

Se quedaron un rato en silencio, pero entonces ella se incorporó un poco, aunque sin llegar a levantarse y con una mano posada con cuidado sobre el pecho de él, extendió el brazo a donde creía que reposaba su bolso. Bolso del cual sacó un preservativo que le había dado una amiga suya. Y que aunque empezó rechazándolo, lo acabó por aceptar para que la amiga le dejase en paz. Ella tampoco se había imaginado que eso fuese a pasar, así que en cierta medida se sentía agradecida hacia su amiga. Pero le daba todo mucha vergüenza. Lo único que le consolaba un poco era la escasa luz que impedía sentir todo su rubor expuesto.

Se puso de rodillas encima de él y empezó a ponérselo. Cuando terminó, se tumbó nuevamente encima de él y le besó. Lentamente empezó a friccionar su parte inferior con la suya, dejando un rastro de fluidos por la pierna, la entrepierna y la barriga. Para acabar agarrándole el pene y llevándoselo a la vagina. Empezó a moverse lentamente a causa del dolor, con el miembro penetrándola en cada gesto. Ella le quería, así que aguantaba el dolor. Quería darle placer, y poder sentirlo. Que fuese él quien le diese placer y la hiciese feliz.
Ahora estaban "haciéndolo". "Haciendo el amor". En otros idiomas, hacer el amor significa amar. En aquel idioma el concepto se reducía al acto del coito. Pero para ellos tenía una connotación especial. Para estos dos jóvenes puros hacer el amor entre ellos era algo mucho más profundo que obtener placer. Habían obtenido la acepción de la expresión de otros idiomas y para ellos también significaba amarse y demostrarlo.

Cuando terminaron se quedaron un buen rato abrazados. Él no quería volver a la otra habitación. Pero debía hacerlo si no quería que su madre acabase por enterarse.
Tras un último beso de despedida, volvió a la habitación de su hermana. No era una beso de despedida. Era un "Hasta mañana. Mi amor." Los dos lo entendieron así.

Les costó un poco dormirse y acabaron por dormir poco.
El día siguiente fue un día muy especial. Fue un día hermoso que siempre recordarán.
Luces de colores, fuegos... Lágrimas de alegría. Festejo...

Pero fue tan bonito porque lo pasaron juntos. No importaba donde estuviesen; serían felices. Y las cosas ya de por sí hermosas, juntos, se convertirían en bellísimos y memorables recuerdos. Todo el tiempo que habían pasado antes de conocerse, todas las cosas malas que les habían pasado, toda la tristeza y soledad... Se había acabado. Y toda la felicidad acumulada que les correspondía y que no habían tenido hasta entonces, empezarían a tenerla.

Felices, juntos, hasta fin de sus días.

Publicado por soywiz el

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