Ángel del olvido

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Enderecé mi cuerpo tras darle un último sorbo a una cerveza ya extinta. Momentos después el recipiente yacía vacío junto a otros tantos en la barra de aquel pub en el que había acabado aquella desapacible noche. Aunque por la música parecía más una discoteca que un pub. Mi única intención en aquel lugar era ahogar mis penas en un mar de alcohol; evitar pasar la noche en vela; evitar pensar en las cosas que no iba a poder cambiar. Intentar amortiguar el peso del dolor, mientras el tiempo y el olvido hacían su flemático trabajo.

Fue entonces cuando giré la cabeza para mirar a mi alrededor y la vi. Era un ángel bajado del cielo, o un ángel engendrado en mi embriagada mente. No importaba. Lo que sí importaba es que ella estaba en aquel lugar, y yo también. En mi ensoñamiento, nuestras miradas se cruzaron. No aparté la mirada. Uno, dos, tres, cuatro y cinco... Los dos mantuvimos la mirada cinco segundos. Con años a mis espaldas de flirteo espontáneo, de fracasos y de éxitos, sabía que esa primera mirada no significaba nada todavía, pero era un primer paso. No debía acercarme sin que ella me invitase y no iba a poder asegurarme de estar invitado hasta que hubiésemos intercambiado una tercera mirada.

Sin forzar, empecé a mirar con el rabillo del ojo para averiguar si me volvía a mirar. Y ocurrió. Una segunda mirada que yo crucé, acompañada de una media sonrisa mutua. La cosa pintaba bien, y tras una mirada más, me levanté y me dirigí hacia ella con seguridad y firmeza. Aún no estaba nada escrito, pero ella ya jugueteaba con su pelo insinuándome, mandándome señales mudas de aprobación. — ¿Nos conocemos de algo? — le dije mientras miraba discretamente la posición de sus piernas, que dirigidas hacia mí, indicaban una muestra más de interés.
Intercambiamos dos o tres frases más, hasta que ella me alisó la manga de la camisa con una cierta ternura, que trataba de encubrir una lascividad fútilmente escondida por la forma en la que realzaba su escote mientras realizaba su tarea. Accidentalmente o no, su mano rozó la mía y posteriormente se la agarré mientras le indicaba lo delicadas y suaves que las tenía.
No tardamos mucho más en dirigirnos a mi coche y posteriormente a mi casa.

No esperamos a entrar dentro para empezar a acosarnos con infinitud de etéreos besos repletos de ardiente deseo sexual. Estábamos los dos muy calientes, y necesitábamos refrescarnos de alguna forma. El instinto más básico nos instó a despojarnos de esa ropa que se nos antojaba tan bochornosa. Mientras andábamos deprisa hacia mi habitación, yo me fui desabrochando la camisa, pero antes de que ella pudiese quitarse nada, la empujé con contundencia sobre la cama.
No tardé en abalanzarme sobre ella y someterla. No le iba a dejar que se quitase la blusa. No sin mi consentimiento. Y antes de concedérselo, iba a probar su cara y a acariciar su indirectamente cuerpo. Le rocé intencionadamente con mi mano por varias partes de su ropa, que a juzgar por sus reacciones, cubrían muy ligeramente su piel. Desde la altura de sus rodillas, pasando por donde estaba cubierta la entrada de su vagina y subiendo acompasadamente hasta sus pechos, que rodeé momentáneamente para después masajearlos un breve instante; lo justo para calentarla aún más, pero sin darle aún lo que estaba deseando.

No tardé en besar su mejilla, sus carnosos labios y tras girarle ligeramente la cara, empecé a morderle y lamerle el cuello. Mis labios, mis dientes y mi lengua empezaron a alternar de objetivo: pasaron del cuello a la cara, de la cara a la boca, de la boca al lóbulo de su oreja descubierta. Cada movimiento, cada ataque, acababa recompensado con un breve pero intenso gemido emitido descontroladamente por sus labios. Ahora sí que permitiría esa blusa suya dejase de estar en contacto con su piel. Pero no sería ella la que realizase el cometido, sino yo, lenta y torpemente, a la par que uno de mis brazos y su respectivo codo tropezaban, quizá no tan accidentalmente, y de forma reiterada con la tela que cubría sus perfectos senos.
Mi cara, mis labios y mi lengua iban acariciando sus hombros mientras terminaba de soltarle la blusa. Ahora únicamente un sujetador negro de encaje se interponía entre mí y sus pezones.

La puse de lado y le desabroché el sujetador por detrás, y sin quitárselo, empecé a masajearle la espalda. Con la yema de los dedos seguí acariciándola, y mientras la volvía a poner cuesta arriba los deslizaba desde un lateral hasta el ombligo y desde allí, trazando una hipérbole, me dirigí hasta el otro costado para terminar levantándolos. Y estando encima de ella, inmovilizándola, con una pierna a cada lado posé las palmas de mis manos por debajo de sus pechos, pero sin tocarlos y fui subiendo, no en línea recta, sino describiendo una curva por la que no pasaban sus pezones y que me permitía terminar de desprender su sujetador y excitarla un poco más. Dibujé una espiral con cada mano alrededor de cada uno de sus pechos, que empezaba desde el exterior y que terminaba en sus ya excitados montículos. Paré abruptamente y abalancé mi boca hacia su pezón izquierdo y lo lamí de arriba a abajo. El contacto húmedo de mi lengua sobre su dilatado pezón produjo un enorme espasmo y arqueo de su espalda, junto un gemido muy erótico. Pero ese espasmo no me movió lo más mínimo y yo seguía encima de ella, manteniéndola en mi pornográfico cautiverio y con mis objetivos poco castos no solo indemnes, sino además reforzados. Mientras le sujetaba el pecho con una mano, empecé a delinear movimientos verticales, horizontales y oblícuos con mi lengua que proporcionaron gemidos continuos durante un rato. Cuando se hizo el silencio, no pude hacer otra cosa que cambiar de seno y repetir la jugada. ¡Qué piel tan suave! ¡Qué tetas tan firmes! ¡Qué pezones tan ricos! ¡Qué gemidos tan morbosos!
La tenía loquísima, y sus partes bajas tenían que estar chorreando. No me quería quedar con la duda, así que no tardé en bajar para comprobarlo. Le desabroché los botones del pantalón y se lo bajé al mismo tiempo que le bajaba las braguitas. Ante mí apareció una vagina perfectamente rasurada y totalmente lubricada. Con unos labios carnosos y apetecibles. Y ahí fue cuando decidí que iba a hacer que se corriese sin cambiar de postura. Le di un tímido lametón en el clítoris; rápido y usando únicamente la punta de la lengua. Luego empecé a lamerle alrededor de la vagina, pero sin tocarla. Y no debió hacerle mucha gracia, porque me cogió la cabeza con las dos manos y estampó mi boca contra su vagina, a la vez que decía — ¡Chupa! — Visto lo visto, decidí no desobedecerla. Con la lengua completamente sacada por debajo de mis labios, choqué mi cara contra su entrepierna y empecé a moverla. Únicamente podía respirar por la nariz y sus fluídos se esfarcían por toda mi cara, dificultando la respiración incluso por la nariz. Estimulaba la entrada de su vagina, a la vez que lo hacía sobre su clítoris. No tenía una lengua especialmente larga, pero sí era muy ágil y voraz. Separé la cara de su vagina y empecé a lamer selectivamente desde la distancia. Un lametón vertical en el clítoris, una caricia en un pecho y un lametón rápido e inesperado en el otro, un lametón cariñoso en la ingle... Decidí que ya había jugado bastante. Empecé a lamerle lentamente el clítoris, de arriba a abajo. Uno, dos, tres... cuando llevaba una treintena de lametones y parecía que ya estaba acostumbrándose al ritmo, lo subí y seguí contando: uno, dos... treinta. Aunque no alcanzaba a verle la cara, sabía que estaba con la boca abierta y soltaba algún gemidito mono de vez en cuando. Además se estaba tocando las tetas, tratando de hacer algo con sus desocupadas manos. Volví a subir el ritmo. En cuanto empezó a arquearse con más intensidad, y el tono de sus gemidos empezaba a cambiar, sabía que se estaba corriendo, así que estiré de sus muslos con mis manos, a la vez que la giraba un poco y le enfrentaba mi lengua extendida contra toda su vagina. Cuando terminó su orgasmo, me quedé acurrucado a sus piernas mientra las besaba y acariciaba. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, claramente forjada con la ayuda de las endorfinas segregadas. Fui a por papel, y en cuanto se secó, la miré abiertamente y me quité los pantalones.

No tardó en acercarse a mi entrepierna. Y tras examinar mi miembro con mayor o menor minuciosidad, empezó a besarlo en los laterales. Poco a poco empezó a sacar la lengua furtivamente, también por los laterales. Y finalmente decidió que quería degustar el glande con su lengua. Primero de arriba a abajo, y luego lateralmente. Yo estaba paralizado del placer, viendo pero sin mirar, sin poder concentrarme en otra cosa más que en el placer que me estaba proporcionando esta chica. Con la lengua ligeramente sacada por debajo, se introdujo mi pene en la boca. Al principio eran pequeñas escaramuzas. Dentro, fuera, lametón... Pero luego empezó a mantenerla más tiempo dentro, empezó a mover la lengua al rededor del glande y empezó a usar su mano derecha para frotar el tronco. Lo hacía muy bien, y yo estaba en la gloria; enmudecido y completamente sumiso. Me di cuenta de que tenía las manos desocupadas, así que la cogí de la cabeza y empecé a ayudarla en su tarea. Debía darle morbo, porque empezó a ponerle aún más ganas y yo empecé a disfrutarlo más. Cada vez ella se metía mi miembro más dentro, y yo cada vez lo notaba más. Llegué al límite, estaba a punto de correrme y empecé a gemir. Ella sabía lo que tenía que hacer y tras un par de movimientos bruscos, bajó el ritmo mientras mi semen salía a borbotones de mi glande y ella lo retenía todo en su boca, recubriendo y rellenando su lengua y huecos restantes. Movió un poco la lengua y la boca antes de sacársela lentamente. No derramó ni una gota y abriendo un poco la boca, me enseñó toda la leche que me había arrebatado.

Fue una noche salvaje y excitante. Quise olvidar y olvidé. Pero aquella noche no olvidé con la ayuda del alcohol, sino con la anestesia natural de la piel suave y caliente de aquel ángel del olvido.

Publicado por soywiz el

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